viernes, 24 de febrero de 2012

Para mi otro par de ojos negros

Cuando te me vayas niña, perderé mi mejor “por”.
Me sobrarán la cordura, la medida y la mirada.
Me quedaré sin el ruido alegre de las horas.
Sin tu cuerpo prematuro y mi caparazón de hada.
Con un “hoy “convaleciente.
Con lo puesto y sin palabras, seré esa gota de lluvia que limpiará tus alas.
Me dolerá la impotencia.
Se me dormirán las ganas.
Guardaré tus 8 años en mi alma mutilada.
Seré fuerte.
Y seré otra.
Cuando te me vayas niña, te esperaré en estas líneas con la fe de los que callan.

jueves, 9 de febrero de 2012

A

Ahora que he aprendido a mirarte con los 5 dedos.
A sonreír despacio.
A caminar recto.
A sentarme en los rincones de todas tus esquinas.
A buscar agujas en los pajares.
A soñar de pie.
A pintar sonrisas en los maniquís de mi subconsciente.
A luchar sin manos.
Y a levantarme con el pie izquierdo.

Sí.

Ahora que sé cuánto cuestan los euros con los que no pagamos.
Las caricias ingratas.
Los abrazos con IVA.
Y las despedidas flacas.

Ahora, y solo ahora, me tiembla el silencio cuando tú no hablas.

miércoles, 25 de enero de 2012

Entre respuestas

Porque me gustan los “que sí”, los “casi”, los “con” y los “hasta otra”.
Porque me sirven para defenderme, cuando en un apagón, me quedo sin velas.
Porque con palabras se forjan los grandes escudos.
Los que mejor duelen.
Con ese acento agudo de sílaba traicionera.

Porque te cambié mi “aunque” por tu “pero” y lo llenaste de silencios sin fronteras.
Porque solo supe buscar adjetivos para que no me escociera.
Porque creí en tu color.
En tu tono libre.
Y en los puntos suspensivos que huelen a fresa.

Porque como dice aquel, si yo he sido “nadie”…tu eres “cualquiera”.

sábado, 7 de enero de 2012

Mi Otro Ello

Otra caja de zapatos sin zapatos.
Otra excusa para equivocarme.
Otros zapatos de cristal rotos.
Otra ventana para volar.
Otros ojos para pestañear.
Otro nombre por el que llorar.
Otras alas limpias.
Otras palabras para mi puzzle de palabras.
Otra piel que abrazará a mi piel.
Otros motivos para seguir esperando.
Otro presente para resoñar.
Otra operación sin anestesia.
Otra vez aquí, después de vivir allí.
Y otra vez un adiós que, curiosamente, me ha enseñado a crecer y a sentir.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Podría

Hoy podría contarte que me aprieta la Navidad.
Que buscando un antídoto me dejé las ganas.
Que los villancicos se me antojan rancios y los polvorones grises.
Y que esos secretos tan nimios seguirán en babia.

Que ni los padres ni los reyes nos harán favores.
Que el sonido de los besos descubrirá tus cartas.
Que quizás sí, pero tal vez no.
Que ya sé yo que todos guardamos un dado y un “alías”.
Por si acaso.
Porqué sí.
Y por aquello de paliar la nada.

Hoy podría contarte que queda menos para enero.
Que rasgué mi calendario con las chinchetas del alma.
Que el sonido de este hoy me subvencionó la rabia.
Con lo puesto y sin receta.
Como dictan los cánones en estas fechas.
Como dictan los cánones y mi ansia.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Mientras pienso

A veces me hablo bajito y me digo al oído cosas terribles.
No son lamentos. Ni reproches. Ni resquicios silábicos feos.
Es un discurso oscuro (con mano negra incluida) que huele a recortes, malversación y paro.
Lo suyo sería ignorarme, calzarme unos cuantos suspiros y esperar que no muerda con saña la cuesta de enero.
Pero la cosa está mal, oye.
Y las ganas del 2012 andan muy cojas de panes, peces y sueldos.

A veces me grito bajito que la solución pasa por contar euros. Y aferrarse a la santa madre Europa y a esa fe hambrienta que nos crece en el noreste del cerebro.
Pero igual no, oye.
Igual es mejor que la impotencia nos pille (mal y pronto) con el escepticismo ardiendo.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Esas cosas que echan de menos mis 38 años

Las navidades en las que aún no faltaba nadie.
Los Reyes Magos que no conocían a mis progenitores.
Las estrellas de Sant Feliu de Guixols.
El Sur de mi padre.
La piel de mi sobrina prematura.
Los ojos de Ego, mi primer gato.
La disciplina de mis notas de junio.
La primera mano de mi primer amor.
Mi constancia.
Las cosquillas fraternales de mi infancia.
La voz de Antonio Molina.
El miedo a la muerte.
El aliento de mi profesora de filosofía.
El olor de los bollicaos.
La ingenuidad.
El color de mis libretas de matemáticas.
La sangría en las tardes de mi adolescencia.
Y las cartas.
Aquellas cartas.
O ese trozo de mí que se escondía en sobres de color blanco.