Preguntas. Preguntas miopes. Místicas. Opacas. Enfermas. Anfibias. Obtusas. Aéreas. Opuestas. Cautivas. Feroces. Banales. Altivas. Incautas. Crudas. Impares. Astutas. E infieles. Preguntas parásitas sin respuesta, que me han robado unos 4 kilos.
Ese es el resumen de mis últimas dos semanas. Ni “síes”. Ni “noes. Ni “no sabe / no contesta”. Solo un vómito de adjetivos calificativos inútiles, alguna excusa adolescente y un séquito de frases des-suboordinadas. Nada más. Sola yo con mi impotencia y sin munición. Justa de ironía y coja de aire. Con hambre de ganas y sin apetito.
A veces la vida es eso. Vida a secas. Y lo demás, eso que ocurre cuando no te giras, es el puñado de sal que nos crece dentro.
miércoles, 4 de mayo de 2011
viernes, 22 de abril de 2011
Ni más ni menos
Un día cualquiera creas un blog y al minuto siguiente te sientes más. Ni más alta. Ni más guapa. Ni más lista. Ni más mejor. Simplemente, más.
En un solo minuto te conviertes en propietaria de una ventana indiscreta, la tuya. De un agujero subjetivo, el tuyo. Y de una voz, esa misma que te salva y te mata (según se tercie).
Y aunque sigues sin ser la que siempre soñaste, te agarras a tu “más” y te subes. Te subes a las palabras sin casco ni cinturón. Y juegas. A pisar todos los charcos. A saltar encima de las camas. A guardarte el chicle en los bolsillos. Juegas a respirar.
Pero un día cualquiera te imaginas que un alguien con bata blanca te extirpa tu blog. Y te sientes menos. Ni menos alta. Ni menos guapa. Ni menos lista. Ni menos mejor. Simplemente, menos.
Más nadie. Y menos tú.
En un solo minuto te conviertes en propietaria de una ventana indiscreta, la tuya. De un agujero subjetivo, el tuyo. Y de una voz, esa misma que te salva y te mata (según se tercie).
Y aunque sigues sin ser la que siempre soñaste, te agarras a tu “más” y te subes. Te subes a las palabras sin casco ni cinturón. Y juegas. A pisar todos los charcos. A saltar encima de las camas. A guardarte el chicle en los bolsillos. Juegas a respirar.
Pero un día cualquiera te imaginas que un alguien con bata blanca te extirpa tu blog. Y te sientes menos. Ni menos alta. Ni menos guapa. Ni menos lista. Ni menos mejor. Simplemente, menos.
Más nadie. Y menos tú.
lunes, 11 de abril de 2011
Puestos a prohibir, prohibamos
Lo digo. Lo redigo. Lo afirmo. Y hasta lo firmo. A los tontos con miedo los tendríamos que prohibir. Así, sin más. Sin rodeos ni jaleos. Y con premeditación y alevosía, claro.
Los tontos con miedo son terriblemente perjudiciales para la salud. Se pasean sueltos por el día a día contagiando inseguridad y a poco que te descuides…zas, te dejan sin un puto sueño.
Si te dicen ven y lo dejas todo, agárrate y no respires. Porque ese tonto con miedo te lo va a poner muy difícil. Que sí. Que los valientes son muy valientes en las películas de valientes pero no jodamos, ser valiente cuando hablamos de amor (y por amor) escuece.
Propongo que tomemos consciencia y, en consecuencia, actuemos. Digamos “no”, “nunca” y “vete”. Y ya puestos, lo votamos. Porque el día que los tontos con miedo se nos cuelen en el bolsillo del alma, no nos van a quedar ni ganas de salir a fumar a la calle.
Los tontos con miedo son terriblemente perjudiciales para la salud. Se pasean sueltos por el día a día contagiando inseguridad y a poco que te descuides…zas, te dejan sin un puto sueño.
Si te dicen ven y lo dejas todo, agárrate y no respires. Porque ese tonto con miedo te lo va a poner muy difícil. Que sí. Que los valientes son muy valientes en las películas de valientes pero no jodamos, ser valiente cuando hablamos de amor (y por amor) escuece.
Propongo que tomemos consciencia y, en consecuencia, actuemos. Digamos “no”, “nunca” y “vete”. Y ya puestos, lo votamos. Porque el día que los tontos con miedo se nos cuelen en el bolsillo del alma, no nos van a quedar ni ganas de salir a fumar a la calle.
martes, 5 de abril de 2011
Lo que tampoco aprenderé a hacer esta primavera
Rezar un Credo.
Pintarme las uñas.
Conjugar el verbo “odiar”.
Escuchar a Melendi.
Entender a Mourinho.
Admirar a Belén Esteban.
Bailar con esos tacones que tanto se llevan.
Que 2 + 2 me sumen 4.
Llorar más de 5 minutos seguidos.
Votar al PP.
Leer Best Sellers de vampiros guapos.
Encender una cerilla sin quemarme.
Apuntarme a singles Barcelona.
Coger el paraguas por si llueve.
Aburrirme.
Ver películas Yankees sobre Yankees que juran por la bandera Yankee.
Silbar con los dedos, como mi sobrina.
Y callarme.
Callarme un poco y mejor, tampoco.
Pintarme las uñas.
Conjugar el verbo “odiar”.
Escuchar a Melendi.
Entender a Mourinho.
Admirar a Belén Esteban.
Bailar con esos tacones que tanto se llevan.
Que 2 + 2 me sumen 4.
Llorar más de 5 minutos seguidos.
Votar al PP.
Leer Best Sellers de vampiros guapos.
Encender una cerilla sin quemarme.
Apuntarme a singles Barcelona.
Coger el paraguas por si llueve.
Aburrirme.
Ver películas Yankees sobre Yankees que juran por la bandera Yankee.
Silbar con los dedos, como mi sobrina.
Y callarme.
Callarme un poco y mejor, tampoco.
miércoles, 30 de marzo de 2011
Esas dichosas palabras
Siempre he pensado que en el diccionario del día a día hay tres tipos de palabras. Las que acarician. Las que se abstienen. Y las que duelen.
Me preocupan especialmente estas últimas. Su carácter rotundo las hace despiadadas. Las viste de incertidumbre. Y las peina con nuestro miedo. Son palabras que escuecen, sudan, estresan y muerden.
Esta semana las he visto. Volaban rasas a pocos metros del suelo, esperando la suerte débil de unos cuantos infelices. He olido su pulso nervioso y esos dedos de hielo con los que otorgan cuando callan. Entre otras lindezas, me han dejado un “no” mustio, un “finalizado” muy borde y hasta un “gracias”.
Y me he sentido tan absurda como un domingo sin electricidad. Ansiosa y estática. Con el único consuelo de avisaros.
Me preocupan especialmente estas últimas. Su carácter rotundo las hace despiadadas. Las viste de incertidumbre. Y las peina con nuestro miedo. Son palabras que escuecen, sudan, estresan y muerden.
Esta semana las he visto. Volaban rasas a pocos metros del suelo, esperando la suerte débil de unos cuantos infelices. He olido su pulso nervioso y esos dedos de hielo con los que otorgan cuando callan. Entre otras lindezas, me han dejado un “no” mustio, un “finalizado” muy borde y hasta un “gracias”.
Y me he sentido tan absurda como un domingo sin electricidad. Ansiosa y estática. Con el único consuelo de avisaros.
sábado, 19 de marzo de 2011
Orgullosa de mí
De mis manías.
De mis recuerdos.
Y de ese aire que guardo en el ánimo cuando llueve mucho.
Orgullosa de mis uñas.
De estos dos ojos casi negros.
Y esos 50 quilos que pesan tan poco.
Orgullosa de mi intuición.
De mi intención.
Y mi vocación.
Siempre frágil.
Y siempre otra.
Por mí y conmigo misma.
Yo.
De mis recuerdos.
Y de ese aire que guardo en el ánimo cuando llueve mucho.
Orgullosa de mis uñas.
De estos dos ojos casi negros.
Y esos 50 quilos que pesan tan poco.
Orgullosa de mi intuición.
De mi intención.
Y mi vocación.
Siempre frágil.
Y siempre otra.
Por mí y conmigo misma.
Yo.
viernes, 11 de marzo de 2011
Dame amor y dime tonto
Y te dices mil veces lo que te dijeron otros.
Que no. Que ese espécimen no era para ti. Demasiado bajo. Demasiado alto. Demasiado simple. O muy complejo. Un auténtico egoísta. Y un idiota.
Y te cuesta entender cómo tú (con tus inquietudes y virtudes) acabaste en los brazos de un tonto cualquiera. Tú y tú. Tan lista y tan mona. Tan precavida y tan cauta. Más escéptica que la sombra de una esquina. Y sin embargo ahí estás. Embargada de reproches. Con menos alma que un sello. Ofuscada y encogida. Triste.
Y te buscas en los demás, que son esos otros que también se equivocan. Hasta que te susurras “basta”. Eso sí. Siempre y solo después de pagar el peaje del tiempo.
Y un día llega este día. El día en el que te quitas, sin ningún esfuerzo, el par de zapatos de cristal que esclavizó tu destino con bailes muertos.
Que no. Que ese espécimen no era para ti. Demasiado bajo. Demasiado alto. Demasiado simple. O muy complejo. Un auténtico egoísta. Y un idiota.
Y te cuesta entender cómo tú (con tus inquietudes y virtudes) acabaste en los brazos de un tonto cualquiera. Tú y tú. Tan lista y tan mona. Tan precavida y tan cauta. Más escéptica que la sombra de una esquina. Y sin embargo ahí estás. Embargada de reproches. Con menos alma que un sello. Ofuscada y encogida. Triste.
Y te buscas en los demás, que son esos otros que también se equivocan. Hasta que te susurras “basta”. Eso sí. Siempre y solo después de pagar el peaje del tiempo.
Y un día llega este día. El día en el que te quitas, sin ningún esfuerzo, el par de zapatos de cristal que esclavizó tu destino con bailes muertos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)