jueves, 23 de diciembre de 2010

Esas palabras que me producen frio

Cuchillo.
Marido.
Rencor.
Nube.
Susurro.
Paro.
Escalera.
Aeropuerto.
Tacón.
Tos.
Pescado.
Iglesia.
Síndrome.
Y Navidad.

Sobre todo, navidad.

jueves, 16 de diciembre de 2010

En mí

Pídeme un café y deja que me siente ahí, entre la nostalgia y la desidia. Mejor sola. Sin camaradas, ni compañeros, ni caballeros. Sola yo, con mi taza y mis virtudes.

Dile a ese barman que hoy no me recete azúcar. Ni ron. Ni cucharilla. Ni esa espumilla que se evapora cuando suspiro en voz baja. Que me basto y que me sobro con ese trozo de glamour que intercambié con el diablo, cuando el diablo era mucho menos y poco más que una palabra.

Déjame que saboree mi presencia en blanco y negro. La presencia de los yo´s vagabundos. De los vestidos de sastre con talle alto. La de Audrey y la de Bergman. La que imaginas cuando caminas. Cuando te escondes, y cuando empiezas.

Pídeme ese café y no me hables de la crisis. Déjame con mi humildad, con mi actitud y sus matices. Que hoy no quiero bailes, ni promesas, ni guitarras.

Porque cuando el alma exige, no existe voz que sepa cortejarla.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Una oda

Sólo la noche escucha a los que se hacen preguntas sin interrogantes.

Sin reproches ni corsés, la noche agita a la impotencia, a la inspiración, al deshabito y a la tristeza crónica. Cuando se apagan las luces, nace el insomnio, el ruido del silencio, el secreto mal contado y la soledad de nuestro propio olor. Porque no hay soles canallas ni lunas vírgenes, la noche calla mientras la mañana habla.

Lo dijo Nietzsche y lo dice el ánimo. Los suicidas, las hadas, los lujuriosos, las brujas, los impacientes e incluso los buhos (con tres copas de más) son hijos de la oscuridad más cruel. Por mucho que duela y por poco que cure.

La noche, durmamos o no, es propiedad absoluta de los que sueñan.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Especialmente para ti

Si alguien (tú, él, ello u ella) vuelve a llamarme “especial”, lo envío lejos. Y entendamos por “lejos” el horizonte más infinito.

Ser “especial” es como ser “diferente” pero con una sílaba menos. Es un agravio, una falacia y una inconcreción que cotiza a la mínima. Por definición y significación es el colmo del no-ser. Es aburrido, vacío, inverosímil, y menos útil que llevar una T10 en el bolsillo.

Yo no quiero ser “especial”. Yo me pido ser “cualquiera” con pulmones y alma. Y si me preguntas “quién”, me escondo en mi casilla verde y no salgo hasta que saque un seis.

Crezcamos señores. Que con tanta tontería se me ensucia la calma.

martes, 23 de noviembre de 2010

La colada de los inviernos

Me despierto. Ni pesadillas. Ni sudor frío. Ni esas otras cosas que ocurren en las películas. Eso sí. Es madrugada y hace un silencio que pela. No tengo miedo, sólo sed y pensamientos.

La última vez que me desperté así, mi cabeza (que es algo parecido a una lavadora de octava generación) estaba acabando de centrifugar. Hoy no. Hoy, las ideas y las palabras restan húmedas y limpias en mi hemisferio más inofensivo.

Cierro los ojos. Las seco y las tiendo. Por la mañana desteñirán café y, con un poco de suerte, podré acariciarlas como se acaricia a los muertos.

Bebo agua. Respiro. Y con la misma inercia que da la inercia, me acuesto. Doblo las rodillas, las acerco al pecho y entre vacíos y huecos, con el disfraz de mi propio abrazo, me duermo.

martes, 16 de noviembre de 2010

Margaritas

A mí también se me pudre el ánimo cuando deshojo los periódicos. Sí. No. Sí. No. Sí. No. Y me da por cobijarme en la ficción de los libros que ya he leído, por aquello de reencontrarme con las mentiras que mejor conozco.

Hace meses que creo que no hay mal peor que el que late en los músculos ignorantes. Que somos todo o nada en función de lo que nos pesa el sentido común. Ese sentido común llenito de rarezas que nos define por lo qué pensamos, sin calibrar que lo qué sentimos duele más y cunde menos.

Me pido otra cerveza y cuento hasta 28. Dejo el periódico donde estaba y bebo para olvidar que bebo. Porque, como decía aquel, aunque tú no lo veas, esto que ahora lees, es una boa constrictor que se ha tragado un elefante.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Más

Creces.
Porque el cuerpo manda y el alma aprieta.
Te burlas de los centímetros y empiezas a contar los días, como el que cuenta números de teléfono, amigos de Facebook o anécdotas ridículas.
Y sabes que creces porque se te relaja el miedo.
Porque los cafés saben a recuerdos y las canciones a canciones.
Porque decir “ayer” te cuesta menos, y la boca se te llena de un “hoy” con el que nunca imaginaste que discutirías.
Y piensas en ti. En tú ti. Y en todas las veces que juraste que un “sí” no tenía precio.
Pero ya no lloras.
Ahora sabes que crecer es mucho mejor que despedirse.