Me siento libre cuando me acuerdo de ti.
Cuando recuerdo todas las noches en las que me diste la mano a cambio de un beso. Sólo uno. La antesala de un sueño que nos despertaría desnudos. Y muy juntos.
Me siento libre cuando me tiemblan los dedos cada vez que dibujo tu sonrisa en los cristales empañados del autobús.
Libre y niña. Como fui. Como soy.
Transparente y cortante, como esos trozos de cristal que trae el mar a las playas de todos.
Vuelve.
Por favor.
lunes, 28 de junio de 2010
martes, 8 de junio de 2010
La mentira desnuda (Cap.1)
(Fragmento)
Mi padre presumía de ser un intelectual fortuito. Intelectual, por la fascinación que le unía a todo lo que contenía letras, notas musicales e imágenes. Y fortuito, porque su sabiduría era una consecuencia directa de su aburrimiento durante el paso por la Facultad de filosofía. Mi madre podría haber sido cualquiera de aquellas chicas burguesas a las que mi padre acostumbrada a seducir en el bar durante no más de media hora de conversación. Cualquiera que hubiese conseguido no menguar sus ideales con palabras convencionales, tales como “noviazgo”, “compromiso”, “ajuar” y “convivir”. Pero no. Mi madre apareció después, en ese justo momento en el que aparecen las cosas que más se necesitan, y ambos empezaron a construir conjuntos vacíos de necesidades comunes.
A mi madre no le interesaba nada de lo que mi padre veneraba. Solía sacar el polvo que se acumulaba en sus libros, eso sí. Pero poco más. Por el resto, era ajena a sus intereses literarios, a sus gustos musicales y a todo aquello que se podía digerir con el cerebro. Mi madre era de estómago. Engullía cualquier cosa que pudiera masticarse, y no sólo me refiero a los alimentos. Tragarse el dolor apretando los dientes era su especialidad. Saboreaba los sentimientos amargos como si pudiera sentir cada uno de sus ingredientes en la boca del paladar. Y luego tragaba saliva. Despacio. A consciencia.
Si mis padres se casaron fue porque mi abuela paterna (adicta a la droga católica) no podía tolerar que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo la dejaran sin fe y con el “mono” de la vida eterna. Las cosas estaban claras. O sí o sí y como Dios manda. Y no hubo mucho más que discutir. Mi padre aceptó esperar junto al altar a la que ya era su mujer mientras mi abuela se santiguaba y mi abuelo sobrevivía a la soledad de su propia condena.
Mi hermano nació a finales de noviembre. Inicialmente tuvo más suerte que yo. La escasa lógica de mi padre hizo bien su trabajo y mi hermano fue bautizado con el nombre de Mario. Mario era un regalo para mi madre y un dolor de cabeza (diagnosticado como migraña) para mi padre. Lloraba. Lloraba. Lloraba. Y así unas 8 veces cada noche. Me contaban que mi padre, en un acto de adulto irreflexivo, se acercaba a su cuna y le preguntaba “por qué”, mientras mi hermano lo miraba perplejo y lloraba, lloraba y lloraba.
El niño creció con la incomprensión de mi padre en la retina. Mi padre lo miraba como el policía que observa al sospechoso, de reojo pero sin perderle la pista ni un segundo. Para él era una amenaza, un cartel de “no tocar”. Porque mi hermano (además de hiperactivo y ansioso) era travieso, inconsciente, ingenioso, extrovertido y tremendamente simpático. Ni reflexivo ni paciente. E inútilmente sutil.
Mi padre presumía de ser un intelectual fortuito. Intelectual, por la fascinación que le unía a todo lo que contenía letras, notas musicales e imágenes. Y fortuito, porque su sabiduría era una consecuencia directa de su aburrimiento durante el paso por la Facultad de filosofía. Mi madre podría haber sido cualquiera de aquellas chicas burguesas a las que mi padre acostumbrada a seducir en el bar durante no más de media hora de conversación. Cualquiera que hubiese conseguido no menguar sus ideales con palabras convencionales, tales como “noviazgo”, “compromiso”, “ajuar” y “convivir”. Pero no. Mi madre apareció después, en ese justo momento en el que aparecen las cosas que más se necesitan, y ambos empezaron a construir conjuntos vacíos de necesidades comunes.
A mi madre no le interesaba nada de lo que mi padre veneraba. Solía sacar el polvo que se acumulaba en sus libros, eso sí. Pero poco más. Por el resto, era ajena a sus intereses literarios, a sus gustos musicales y a todo aquello que se podía digerir con el cerebro. Mi madre era de estómago. Engullía cualquier cosa que pudiera masticarse, y no sólo me refiero a los alimentos. Tragarse el dolor apretando los dientes era su especialidad. Saboreaba los sentimientos amargos como si pudiera sentir cada uno de sus ingredientes en la boca del paladar. Y luego tragaba saliva. Despacio. A consciencia.
Si mis padres se casaron fue porque mi abuela paterna (adicta a la droga católica) no podía tolerar que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo la dejaran sin fe y con el “mono” de la vida eterna. Las cosas estaban claras. O sí o sí y como Dios manda. Y no hubo mucho más que discutir. Mi padre aceptó esperar junto al altar a la que ya era su mujer mientras mi abuela se santiguaba y mi abuelo sobrevivía a la soledad de su propia condena.
Mi hermano nació a finales de noviembre. Inicialmente tuvo más suerte que yo. La escasa lógica de mi padre hizo bien su trabajo y mi hermano fue bautizado con el nombre de Mario. Mario era un regalo para mi madre y un dolor de cabeza (diagnosticado como migraña) para mi padre. Lloraba. Lloraba. Lloraba. Y así unas 8 veces cada noche. Me contaban que mi padre, en un acto de adulto irreflexivo, se acercaba a su cuna y le preguntaba “por qué”, mientras mi hermano lo miraba perplejo y lloraba, lloraba y lloraba.
El niño creció con la incomprensión de mi padre en la retina. Mi padre lo miraba como el policía que observa al sospechoso, de reojo pero sin perderle la pista ni un segundo. Para él era una amenaza, un cartel de “no tocar”. Porque mi hermano (además de hiperactivo y ansioso) era travieso, inconsciente, ingenioso, extrovertido y tremendamente simpático. Ni reflexivo ni paciente. E inútilmente sutil.
jueves, 3 de junio de 2010
Deberías
Ser más ascendente y menos Aries.
Mentirte mejor cuando crees que no te mientes.
Caminar hacía atrás manteniendo el equilibrio.
Decir mucho más con dos palabras.
Escribir lo que te hace temblar.
Llorar mojando a los que no llevamos paraguas.
Mirarte a ese espejo que tienes en cada mano.
Mezclar con tequila el agua de Valencia.
Defenderte menos de los que caben dentro de ti.
Mentirte mejor cuando crees que no te mientes.
Caminar hacía atrás manteniendo el equilibrio.
Decir mucho más con dos palabras.
Escribir lo que te hace temblar.
Llorar mojando a los que no llevamos paraguas.
Mirarte a ese espejo que tienes en cada mano.
Mezclar con tequila el agua de Valencia.
Defenderte menos de los que caben dentro de ti.
miércoles, 2 de junio de 2010
Cosas que me llevaría a una noche desierta
Una caja con tres cerillas para jugar a la ruleta rusa.
Un vaso largo con miedo.
Montones de colillas vividas.
Un puñado de arena caliente.
Mi baraja de sueños con comodines.
Dos cucharadas de silencio.
Varios “síes” y un “no” de repuesto.
Incienso de color manzana verde.
La almohada de Aladino.
Una pipa de la paz.
Limón y sal.
El paraguas de Mary Poppins.
Y un interruptor. Por si se enciende la luz.
Un vaso largo con miedo.
Montones de colillas vividas.
Un puñado de arena caliente.
Mi baraja de sueños con comodines.
Dos cucharadas de silencio.
Varios “síes” y un “no” de repuesto.
Incienso de color manzana verde.
La almohada de Aladino.
Una pipa de la paz.
Limón y sal.
El paraguas de Mary Poppins.
Y un interruptor. Por si se enciende la luz.
sábado, 29 de mayo de 2010
La mentira desnuda
(Cap. 1.- fragmento)
“Tu nombre será de piel” – vaticinó mi padre en un alarde de misticismo cursi.
Y me llamaron Nua.
Algunos padres (como el mío) deberían comprender que un nombre es mucho más que una denominación. De hecho, algunos padres (como el mío) deberían ser conscientes de las consecuencias que implican ciertos caprichos y dejarse aconsejar por el criterio de esa madre que, meses antes de parir, hizo una lista de nombres comunes y fáciles. Porque para complejidades ya están las de la propia vida.
Empezando por lo básico. Si a tu hija la llamas “Nua” tienes el 80% de probabilidades de que todo el que se cruce por su camino le pregunte (por lo menos una vez) qué significa y de dónde viene el dichoso nombre, lo que conllevará un desgaste considerable para la criatura en todas y cada una de sus fases de crecimiento social.
A eso hay que añadirle la connotación local del nombre. “Nua” en catalán significa “Desnuda” (sin ropa) y en castellano no significa nada, lo que te condena directamente a rodearte de personas que vivan en la ignorancia idiomática, por aquello de evitar el rubor de “Nua” (o sea, el mío) y poder culpar a tu padre (o sea, al mío) de haberse equivocado unas cuantas veces en la vida.
Sí.
Mi padre podría haber sido un “equivocador profesional”. Si tengo en cuenta todas las veces que dijo lo que no quería decir e hizo lo que no había dicho que haría, me sale un número alto y con decimales. Engañar, lo que se dice engañar, no engañaba. Era transparente como un trozo de vidrio afilado, por eso al tocarlo siempre sentía una especie de escalofrío que olía a sangre. A sangre inofensiva, pero a sangre.
Desde muy pequeña aprendí a jugar con él sin cortarme, como el que aprende a andar descalzo por las rocas sorteando los peligros de los terrenos desiguales. Lo abrazaba fuerte cerrando los ojos con fuerza, a la espera de sentir ese pinchazo que tantas veces había hecho gritar a mi hermano. Pero en lugar de dolor lo que yo notaba era un calor de color verde, un calor tranquilo y salado como las playas en las que crecí.
“Tu nombre será de piel” – vaticinó mi padre en un alarde de misticismo cursi.
Y me llamaron Nua.
Algunos padres (como el mío) deberían comprender que un nombre es mucho más que una denominación. De hecho, algunos padres (como el mío) deberían ser conscientes de las consecuencias que implican ciertos caprichos y dejarse aconsejar por el criterio de esa madre que, meses antes de parir, hizo una lista de nombres comunes y fáciles. Porque para complejidades ya están las de la propia vida.
Empezando por lo básico. Si a tu hija la llamas “Nua” tienes el 80% de probabilidades de que todo el que se cruce por su camino le pregunte (por lo menos una vez) qué significa y de dónde viene el dichoso nombre, lo que conllevará un desgaste considerable para la criatura en todas y cada una de sus fases de crecimiento social.
A eso hay que añadirle la connotación local del nombre. “Nua” en catalán significa “Desnuda” (sin ropa) y en castellano no significa nada, lo que te condena directamente a rodearte de personas que vivan en la ignorancia idiomática, por aquello de evitar el rubor de “Nua” (o sea, el mío) y poder culpar a tu padre (o sea, al mío) de haberse equivocado unas cuantas veces en la vida.
Sí.
Mi padre podría haber sido un “equivocador profesional”. Si tengo en cuenta todas las veces que dijo lo que no quería decir e hizo lo que no había dicho que haría, me sale un número alto y con decimales. Engañar, lo que se dice engañar, no engañaba. Era transparente como un trozo de vidrio afilado, por eso al tocarlo siempre sentía una especie de escalofrío que olía a sangre. A sangre inofensiva, pero a sangre.
Desde muy pequeña aprendí a jugar con él sin cortarme, como el que aprende a andar descalzo por las rocas sorteando los peligros de los terrenos desiguales. Lo abrazaba fuerte cerrando los ojos con fuerza, a la espera de sentir ese pinchazo que tantas veces había hecho gritar a mi hermano. Pero en lugar de dolor lo que yo notaba era un calor de color verde, un calor tranquilo y salado como las playas en las que crecí.
martes, 25 de mayo de 2010
De cuando fuimos letras, Mejide
Ser triste es no ser feliz, pero a veces estarlo. Ser triste es querer reír, y sonreír apenas. Ser triste es alegrarse el tiempo justo que se tarda en volver a tropezar con uno mismo. En una palabra, sobrevivirse. Cuando se es triste, ya pueden sobrarte motivos para dejar de serlo. Como alguien diría, la alegría se tiene, y en la tristeza se está. Al igual que ocurre con las ciudades, los países o los patios particulares, hay personas en las que siempre llueve. Gente que sólo es capaz de ver el sol dos días al año.
A esa gente va dedicada esta línea. Y ésta. Y ésta. Y todas las que hagan falta para soplar todas las nubes de sus únicos días. Sí. Que son suyos, y de nadie más. Que nada ni nadie se los estropee. Por favor.
A esa gente va dedicada esta línea. Y ésta. Y ésta. Y todas las que hagan falta para soplar todas las nubes de sus únicos días. Sí. Que son suyos, y de nadie más. Que nada ni nadie se los estropee. Por favor.
domingo, 23 de mayo de 2010
En blanco y negro
Se me han adormecido las manos y he vuelto a sentirme impotente. "La edad nos convierte en vidrio hasta rompernos", me dice el médico. "La edad nos mata", le corrijo. Me he levantado temprano porque quería retirar la mesilla de la sala para ganar espacio. Pero hoy mis manos tienen sueño.
No sé si quiero ver a mis nietos. Me entristece que dibujen arco iris que yo veo en blanco en negro. Arco iris débiles, sin azúcar ni sentimientos.
Hace años que me instalé en la ficción de los recuerdos y por eso no veo colores en los cielos de papel de mis nietos. No sé qué excusa darle a mi hijo, ni cómo explicarle que soy la única superviviente de un mismo trayecto. Que hace años que me siento en la butaca de un avión que no aterriza. Que mientras volamos escucho el silencio autista de las palabras sordas. Y que caigo en un lugar distinto al que me despierto.
Me pregunto si los que sobreviven a un accidente pueden seguir viviendo. Me preocupa que mis manos no despierten cuando decida utilizar las tijeras para desgarrar la parte de soledad que me crece dentro.
No sé si quiero ver a mis nietos. Me entristece que dibujen arco iris que yo veo en blanco en negro. Arco iris débiles, sin azúcar ni sentimientos.
Hace años que me instalé en la ficción de los recuerdos y por eso no veo colores en los cielos de papel de mis nietos. No sé qué excusa darle a mi hijo, ni cómo explicarle que soy la única superviviente de un mismo trayecto. Que hace años que me siento en la butaca de un avión que no aterriza. Que mientras volamos escucho el silencio autista de las palabras sordas. Y que caigo en un lugar distinto al que me despierto.
Me pregunto si los que sobreviven a un accidente pueden seguir viviendo. Me preocupa que mis manos no despierten cuando decida utilizar las tijeras para desgarrar la parte de soledad que me crece dentro.
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